30/10/12

Historia Oral y Educación: Cuando los jóvenes se apropian del pasado.[1]
Laura Benadiba [2]


Resumen
El desafío pedagógico que se presenta en los ámbitos educativos – en este caso la escuela secundaria-, parte de la manera en la que cada uno de nosotros construye el proceso de análisis desde las experiencias narradas, las experiencias de aprender y las de reinterpretar el pasado reciente. Los ámbitos educativos deben transformarse en un lugar de memoria, en donde se pueda explicitar a los alumnos las tensiones generadas a partir de “distintas memorias”, de contradicciones y de formas de re significar el pasado que nosotros mismos traemos de nuestro “propio pasado”.

Palabras clave: Historia Oral – Memoria – Pasado reciente – Enseñanza de la Historia – Transmisión.

¿Qué La memoria tiene una naturaleza social que, por tanto, se comparte. Así, en el marco de una investigación histórica del tiempo presente, las personas que entrevistamos recuerdan desde su propia experiencia personal e individual, pero su testimonio está basado en la interacción con los otros. En consecuencia, además de las memorias individuales, las sociedades tienen una memoria colectiva transmitida oralmente o por medio de textos, conmemoraciones o monumentos, que se basa en lo que nos contaron nuestros abuelos, maestros, en lo que aprendimos por medio de los libros, en los documentos que se conservan en los archivos, en lo que nos transmiten los medios de comunicación o en lo que nos imponen desde el poder.

Ronald Fraser en su libro Recuérdalo tú y recuérdalo a otros [3] nos dice: 

“Una adolescente muy inteligente ha oído una y otra vez las historias que cuenta su abuela sobre cómo los rojos persiguieron a su familia de terratenientes, sobre la ejecución de algunos miembros de la misma mientras otros se escondían, sobre sus propios sufrimientos cuando era niña y aún no tenía la edad que hoy tiene su nieta…Y finalmente la adolescente no puede aguantar más y dice que las opiniones de su abuela sobre la guerra civil son totalmente erróneas, propias de facciosos, y, de hecho, prácticamente fascistas. Para demostrar que lo que dice es verdad echa mano de las certezas que ha aprendido en la escuela hasta que su abuela se desespera y rompe a llorar al ver que, en los últimos años de su vida, una nieta suya niega toda la validez de su propia “historia”…Entonces, se pregunta Fraser, ¿De quién es la historia? ¿De quienes la han vivido o de quienes la han escrito? Ni de unos ni de otros, por supuesto, porque no pertenece a nadie, sino que es un debate continuo, de duración indefinida”.

A estas últimas preguntas que se hace, y que nos hace Ronald Fraser, le agregaría otras: ¿los que no vivimos conscientemente esa historia, o los que ni siquiera habían nacido, cómo podemos entrar en ese debate, qué rol ocuparíamos en él? ¿Esa historia también nos pertenece?

En el libro Deconstruir la guerra, sus autores subrayan la necesidad de que los educadores accedan a diferentes tipos de fuentes para que los estudiantes puedan partir de la realidad tal como es y en lo que se refiere a procesos históricos traumáticos, por ejemplo (pasados y presentes) ayudarlos a construir un análisis crítico que les permita comprender los mecanismos de la realidad y, de este modo, empezar a asumir una actitud comprometida con ella [4]

La Historia Oral permite que los jóvenes puedan confrontar, a partir de escuchar y luego analizar un relato – aparentemente muy alejado de su propio presente, como la última dictadura militar en nuestro país- la constante banalización de la violencia que provocan las imágenes de cadáveres y asesinatos en tiempo real que transmiten los medios a través de noticieros, dibujos animados, series televisivas y videojuegos que son cada vez más violentos.

Escuchar a un sobreviviente, por ejemplo, de la Guerra Civil Española que emigró a nuestro país, ayuda a los estudiantes a entender que las guerras actuales transforman la vida de miles de seres humanos en un infierno. También, y esto es muy importante de señalar, llegan a comprender que las guerras de hoy tampoco son del todo comparables con otros conflictos bélicos del pasado, ya que las causas, los actores, los efectos y las víctimas han cambiado y se han diversificado.


Educación y Memoria en las aulas argentinas

El pasado reciente de la Argentina se caracteriza por el horror. La última dictadura militar es indudablemente el período de nuestra historia que más heridas ha dejado en nuestro presente. En mi caso que viví la dictadura cuando era muy chica, no fui consciente de lo que significaba “vivir en dictadura” hasta que empecé a estudiar historia y me di cuenta que había construido en mi memoria un pasado imaginado como resultado de muchos silencios y violencias.

Pero también de mucho olvido, que es la otra cara que nos muestra la violencia, aunque sólo la percibimos escuchando el recuerdo de alguien que vivió esa historia y descubrimos que nosotros también estuvimos allí y que más allá de lo que cada uno imagine sobre su pasado, hay cosas que sucedieron realmente, las cuales podemos interpretar como historiadores de distintas maneras pero, sobre todo, sin olvidarnos que hubo un contexto concreto que las produjo. 

En la mayoría de los países que pasaron por experiencias traumáticas como la nuestra, se planteó – y se sigue planteando – a partir de la transición a la democracia, el dilema sobre cómo “bajar” al aula el pasado reciente, para que los alumnos puedan incorporarlo dentro del mismo proceso histórico del que forman parte aunque no hayan sido protagonistas de él. Si pensamos en los tiempos durante los cuales comenzaba a conformarse el Estado Nacional Argentino, vemos cómo la enseñanza de la Historia ya era considerada, a fines del siglo XIX y principios del siglo XX, como un medio para homogeneizar la idea de Nación que las clases dominantes tenían en mente. Había que buscar un pasado común para todos, más aún teniendo en cuenta la gran afluencia de inmigrantes que a su vez traían su “propio pasado”, lo que podría resultar un obstáculo para el modelo político y económico que se había establecido.

Algunos dirigentes de esa época advirtieron que el proceso social y cultural no podía dejarse en manos de la espontaneidad, y desde el Estado comenzó a prestarse mayor atención a las celebraciones de las llamadas “fiestas patrias”, al escudo nacional, a los símbolos, a las estatuas en los patios de las escuelas y a la enseñanza del pasado. En el año 1889, por medio de sus autoridades, el Consejo Nacional de Educación consideró que era “conveniente revivir en el corazón de la juventud el recuerdo de los días de gloria para la patria, formando para ello programas especiales en los cuales se prestaba la atención más señalada a la Historia Nacional”.

Es así cómo la institución escolar, desde sus orígenes, constituyó el espacio para la construcción de identidades colectivas, especialmente aquellas concentradas en torno a la idea de Nación. 

Como docentes sabemos que la escuela, además de ser un ámbito clave para la transmisión de conocimientos específicos, lo es también para la transmisión de valores y normas sociales.

Cuando con nuestros alumnos en el aula hablamos de la dictadura descubrimos (cada vez con menos sorpresa) que es muy poco lo que saben de ella: en general, no reconocen los nombres de los principales responsables del horror, la información que pueden aportar depende más de lo que les hayan transmitido sus familiares que de lo que aprendieron en la escuela. Al empezar a indagar nos damos cuenta de que en años anteriores han hablado poco del tema, o que éste no llegó a trabajarse en el aula porque forma parte de la historia reciente y está al final del programa de estudios; además, los libros de texto que utilizaron no registran como debieran ese período de nuestra historia.

Ahora bien ¿cómo planteamos los docentes la manera en que los alumnos se puedan apropiar de un pasado tan cercano en el tiempo cronológico, pero a la vez tan alejado de su propio tiempo “vivencial”? ¿Cómo lo hacemos, si nosotros mismos, que vivimos ese proceso histórico, tenemos discursos antagónicos con respecto a él? ¿Cómo pueden hacerlo los nuevos docentes que no vivieron la dictadura y que estudiaron en escuelas, en las cuales la enseñanza de la Historia terminaba muchas veces con el derrocamiento de Perón o, lo que es peor, con la “caída del Peronismo”?

¿Cómo lograr que la transmisión de ese pasado no sea una mera repetición, vacía de contendido, sin posibilidad de resignificación por parte de los alumnos? ¿Cómo lograr que la adolescente a la que alude Fraser en el prólogo de su libro pueda participar del debate continuo que supone la Historia?

Son muchas preguntas que no se pueden responder concretamente todavía. Pero el sólo hecho de pensarlas y compartirlas es un buen comienzo para iniciar el camino en busca de las respuestas, ya que la misma coyuntura política nos permite construir espacios para debatir estos temas.

El desafío pedagógico que se presenta en los ámbitos educativos – en este caso la escuela secundaria-, parte de la manera en la que cada uno de nosotros construye el proceso de análisis desde las experiencias narradas, las experiencias de aprender y las de reinterpretar el pasado reciente. Los ámbitos educativos deben transformarse en un lugar de memoria, en donde se pueda explicitar a los alumnos las tensiones generadas a partir de “distintas memorias”, de contradicciones y de formas de resignificar el pasado que nosotros mismos traemos de nuestro “propio pasado”.

Otro objetivo fundamental de la escuela es fomentar la investigación y el desarrollo del pensamiento crítico y autónomo de sus estudiantes. Por ello, debe convertirse en un ámbito en el que los chicos y adolescentes experimenten los métodos, técnicas y habilidades necesarias para elaborar un proyecto de investigación tanto en su presente escolar como en su futuro como investigadores y ciudadanos.

Por medio de la Historia Oral los alumnos recuperan las memorias de hombres y mujeres corrientes, sus abuelos, sus maestros, sus vecinos, y comprueban las diferentes visiones que los protagonistas tienen sobre un mismo hecho o proceso. Así pueden acceder a explorar las memorias construidas y resignificadas más allá del poder, constatar la diversidad de formas de vivir un acontecimiento, en definitiva, comprender que las experiencias condicionan nuestra manera de interrogar y de construir el pasado.

Nos podríamos plantear como ejercicio tomarnos un poco de tiempo y reflexionar sobre cómo nosotros mismos transitamos desde las aulas como alumnos y como docentes este período de la transición a la democracia que comenzó en el año 1983 con la presidencia del Dr. Raúl Alfonsín.

Bibliografía
Benadiba, L. (2007). Historia Oral, relatos y memorias. Buenos Aires: Maipue.
Benadiba, L. (2010) Historia Oral: Fundamentos metodológicos para reconstruir el pasado desde la diversidad. Rosario: Editorial SurAmericana.
Benítez, F. et al. (2008). Deconstruir la guerra. Apunts de pau i drets humans. Barcelona: Generalitat de Catalunya, Departament d´Educació.
Fraser, R. (2007). Recuérdalo tú y recuérdalo a otros: Historia oral de la Guerra Civil Española. Barcelona: Crítica.

NOTAS:
[1] Primeras Jornadas de la Revista Conflicto Social – 27 y 28 de Octubre de 2012. Políticas de la Memoria o Toma de Conciencia: Concordancias y Divergencias Conflicto Social, Año 4, N° 6, Diciembre 2011
[2] Presidenta de la Asociación Otras Memorias, Directora del Programa de Historia Oral de la Escuela ORT. www.otrasmemorias.com.ar
[3] Fraser, Ronald: Recuérdalo tú y recuérdalo a otros: Historia oral de la Guerra Civil Española. Editorial Crítica, Barcelona, 2007, Prólogo, página X.
[4] Benítez, Francisco et al., Deconstruir la guerra. Apunts de pau i drets humans. Generalitat de Catalunya, Departament d´Educació, Barcelona, 2008. Versión adaptada del catalán original.

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