5/10/14

LA  MATERIALIDAD DE LA CULTURA ESCOLAR
La cartera para la escuela

Con un inconfundible olor a cuero, la cartera fue por décadas el contenedor de los útiles y libros que todo alumno debía llevar a su escuela. Con el tiempo, llegaron las mochilas para desplazarlas. Pero en esta nota vamos recordar aquellos buenos viejos tiempos del universo escolar.
       
Foto Flia. Stoffel
Entonces no la llamábamos “mochila”. De dónde salió eso de la mochila? Los niños no son ni soldados, ni cazadores, ni excursionistas; en todo caso, sí son caminantes porque van cada día caminando a la escuela. A alguien se le ocurrió empezar a llamarla así y el término quedó pegado al vocabulario. Desde entonces se siguió llamando mochila a ese aditamento necesario e imprescindible para ir a la escuela.

La nuestra era la cartera para ir a la escuela: de cuero marrón fuerte, irrompible; podíamos llevarla colgada a la espalda por dos correas que se cruzaban sobre los hombros, o al costado debajo del brazo con la correa cruzada en banderola, o bien colgada de la mano.

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Sobre todo no me olvido del olor de la cartera porque allí había de todo: desde el olor característico del cuero de la talabartería, olor de cuero crudo mezclado con el inconfundible perfume de los lápices, de la goma de borrar, del sacapunta, de los panes para la merienda del recreo, los caramelos o alguna manzana.

Además, guardaba el transportador, la regla y la escuadra, el compás los cuadernos y los libros. Todo eso en un complejo ordenamiento que siempre nos permitía encontrar lo que buscábamos. Hasta estaba el pedazo de tejo para la rayuela y los pedacitos de mármol blanco que Don Ferpozzi nos regalaba cada tanto para el “ainenti”. Tampoco faltaban algunas bolitas de vidrio para la “arrimadita”.

Pasaron los años y un día encontré la cartera de cuero, vacía y vieja, tirada por ahí en el cuarto de los trastos. La abrí y de ella salían los mismos olores gratos y placenteros del cuero y con él vinieron a mi mente los recuerdos del aula, del colegio, de algunos compañeros y de los maestros.

El olor del pizarrón y de la tiza hasta el olor de la tinta de aquellos tinteros de loza que había en los bancos y que el portero reponía cada mañana para que pudiéramos escribir en los cuadernos con esas plumas aceradas que cada tanto se rompían se abrían o se doblaban y había que reponer. Comúnmente las llamábamos plumines, o la pluma “cucharita”, que íbamos a comprar a la Librería Coppetti.

Por culpa de ellas cada tanto aparecían manchones de tinta en los blancos delantales almidonados que demandaban una ardua labor para quitarlas, con mucho sol, sal gruesa y limón.

Después aparecieron los tinteros involcables que a pesar de su nombre perdían tinta con las consecuencias previsibles.

Estilográfica escolar
El colmo de los lujos era poseer una pluma fuente que elegante y segura no sólo nos daba cierta categoría especial entre los compañeros, sino que aseguraba un trabajo sin manchones de tinta y sin borrones. Las llamaron después estilográficas pues tenían un mango hueco con un depósito para la carga de tinta. Por supuesto no se parecían en nada a las plumas de ave cortadas y afiladas dotadas de un mango, que se usaban antiguamente para escribir; como las que usaron Belgrano, San Martín, y tantos otros.

Con los tiempos modernos aparecieron otras equipadas con depósitos desechables que automáticamente se cambiaban por nuevos.

También me acuerdo de la Libreta de Ahorro donde debíamos ir pegando las estampillas que comprábamos en el correo que estaba en calle Belgrano esq. Lavalle, al lado de la Casa de Modas Oliveras, hasta que muchos años después se trasladó al edificio de 25 de Mayo y Moreno.

La maestra, Delia Magi de Therisod, nos estimulaba el ahorro encomiando sus virtudes, guardando el dinero que no usábamos, para inversiones futuras: en esa época el ahorro era la virtud de la previsión. Se había creado la Caja Nacional de Ahorro Postal en 1915 y en el país se entregaron miles de libretas que con gran entusiasmo empezamos a llenar con pequeños depósitos. En algún congreso pedagógico de aquellos tiempos hasta llegó a hablarse del ahorro como institución escolar. Y qué satisfacción cuando podíamos mostrar una hoja de la libreta llena de estampillas!


Cuando recuerdo aquella época no dejo de sentir cierta nostalgia por aquella bendita ingenuidad y el sencillo transcurrir de nuestra existencia en donde los auténticos valores eran: la escuela, la casa paterna, la familia, los deberes, los horarios, el cumplimiento de nuestras obligaciones cotidianas y la satisfacción de un bienestar personal que nos daba tranquilidad y contento.

Cómo se hacen plumas fuentes de la compañía Esterbrook.

Fuentes: http://www.diariolaopinion.com.ar/Sitio/VerNoticia.aspx?s=0&i=53021 (Rafaela, Santa Fe)
http://f3comics.com/?p=870
(Se han añadido ilustraciones a la nota original)

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